Ciento ochenta metros

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Un joven que porta una bandera anticonstitucional hace el saludo fascista en una céntrica calle de Madrid el 21 de noviembre de 1993. La foto, publicada en Diario16, es de Pablo López Raso.

“Buenos días, si ustedes miran al frente, verán el balcón del palacio desde el que el militar Francisco Franco hacía sus grandes discursos. Detrás se encuentra la plaza que cada año llenaban miles de españoles llegados de toda la geografía para aclamarle. Y si miran a la izquierda, a ciento ochenta metros, está la basílica de la Almudena, donde reposan sus restos”.  ¿Se imaginan a un guía turístico contando estas cosas?

Son ciento ochenta metros y se recorren en un par de minutos. Esa es la distancia entre  dos emplazamientos monumentales del centro de Madrid que no nacieron para ser símbolos de una dictadura pero que, al paso que vamos, pueden convertirse en epicentro de una nueva ‘zona nacional’. Ciento ochenta metros es la distancia entre la plaza de Oriente y la catedral de la Almudena. En la plaza todavía flota un poco del espíritu franquista. Durante décadas fue lugar emblemático para el régimen dictatorial. Desde la balconada del Palacio Real, Franco arengaba a miles de españoles que acaban cantando el Oriamendi (himno carlista) y el Cara al sol brazo en alto. Y después de muerto, las concentraciones del 20N en esa plaza son parte del repertorio simbólico de los nostálgicos. Si caminamos hacia la calle Mayor nos encontramos con la cripta de la catedral, donde la familia Franco pretende enterrar los restos del dictador una vez sean exhumados del Valle de los Caídos. Conociendo la pillería española me estoy imaginando la calle Bailén llena de puestos ambulantes con imanes, bufandas y gorras beisboleras con el careto del militar africanista y mimos vestidos de falangistas. Quizá estoy exagerando pero este país es imprevisible.

He vuelto a ver el vídeo del discurso del dictador en la plaza de Oriente el 1 de octubre de 1975, cuatro días después de los últimos fusilamientos ordenados por el régimen. Convocó allí a los españoles como acto de desagravio ante las protestas internacionales por las ejecuciones. En el balcón del palacio, el generalísimo tiene a la derecha a su esposa y al otro lado a los príncipes Juan Carlos y Sofía. “Españoles, gracias por vuestra adhesión y por vuestra serena y viril manifestación pública”, dice Franco con traje militar de gala y saludando como si fuese un muñeco solar de esos que se venden en las tiendas de recuerdos. Está decrépito, su mano y su voz son temblorosas, el Parkinson se hace evidente. Cincuenta días después, Franco moriría en la cama.

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Franco saluda a las miles de personas congregadas en la plaza de Oriente. Foto EFE.

Por mucho que se organizaron bodas, coronaciones y pasamanos, ese tramo de la calle Bailén se transformó a partir de 1975 en lugar de peregrinación de fascistas españoles y extranjeros cada 20 de noviembre. La misa y las antorchas falangistas nunca dejaron de visitar el Valle de los Caídos pero el acto importante de afirmación franquista se celebraba el domingo más cercano al 20N en la plaza de Oriente. Por eso, aunque a algunos les importe un pito dónde se trasladen los restos de Franco, la ubicación importa. Si la familia persiste en su empeño o la Iglesia no lo impide, los huesos del militar que dio un golpe de Estado el 18 de julio de 1936, provocó una guerra civil y llevó a España a una dictadura de casi cuarenta años, reposarán a ciento ochenta metros del balcón donde se sentía poderoso, de la plaza desde donde le aplaudían. De producirse el enterramiento en la basílica se debería obligar a la Iglesia a explicar en paneles interactivos quién fue ese señor. A ver si los miles de turistas extranjeros que pululan por la plaza se van a llevar la sensación de que aquel militar bajito que está en la cripta fue un prohombre, un santo o un héroe nacional. El guiri es muy morboso.

Costó décadas que la plaza de Oriente perdiese el aroma a franquismo. El 20N es ya una fecha simbólica, como el 23F o el 15M. Y cada uno tiene su paisaje: la plaza de Oriente, el Congreso de los Diputados y la Puerta del Sol. El historiador Ricardo de la Cierva ha reconocido en alguna ocasión que en realidad Franco murió el 19 de noviembre pero que por razones políticas –el 20 de noviembre de 1936 fue fusilado el fundador de Falange Española y de las JONS, José Antonio Primo de Rivera– la fecha oficial de la defunción fue el 20.

En 1976, un año después de la muerte de Franco, se reunieron frente al balcón del Palacio Real más de 100.000 personas. ¡Queremos otro Franco!¡queremos otro Franco!, gritaban. Los organizadores –la Confederación Nacional de Excombatientes– hablaban de más de un millón de asistentes. En los siguientes años ni la lluvia ni el frío hizo mella en la manifestación, a la que eran asiduos la familia del dictador y altos cargos del régimen. Destacaban dirigentes ultraderechistas como Blas Piñar y José Antonio Girón y era habitual ver a jóvenes con uniforme de Falange, Fuerza Nueva o de grupos neofascistas italianos, franceses o alemanes.

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Cabezas rapadas neonazis son identificados por la Policía en noviembre de 1991. Foto de Juan Carlos Tirado publicada en Diario16.

La década de los 80 comenzó con la misma intensidad, con los discursos oficiales menos exaltados, según las crónicas de los diarios, pero con más bravuconería en las calles. Desde finales de los años 70 se habían detectado algunos incidentes producidos la noche anterior a la concentración en la plaza de Oriente o en las horas posteriores. Los franquistas más jóvenes acostumbraban a recorrer la ciudad con banderas preconstitucionales y tocando la bocina. En 1982 se dio un salto cualitativo: medio centenar de ultras fueron detenidos por provocar incidentes callejeros y enfrentamientos con la Policía. Los lugares elegidos fueron el barrio de Salamanca, donde se sentían seguros: la calle Goya era tomada por jóvenes que lanzaban cubos de basura a la calzada y cortaban el tráfico. Ese año fueron apresados varios militantes de extrema derecha franceses. Y la plaza de Oriente, donde hubo quien intentó manifestarse a pesar de la negativa del Gobierno civil de Madrid, que no autorizó el acto. Sí se permitió a la Confederación Nacional de Excombatientes convocarlo en el parque del Oeste de Madrid. A partir de ese momento, la emblemática plaza de Oriente quedó limpia de nostálgicos. En el 83 unos 2.000 ultras pretendieron manifestarse pero la policía lo impidió. “¡Fuera policía, que venga la Guardia Civil!”, coreaban los congregados mientras lanzaban piedras a los agentes. Los franquistas más militantes decidieron a mediados de los 80 cambiar el recorrido de la conmemoración, empezando en la plaza de Colón y finalizando en la estatua ecuestre de Franco de Nuevos Ministerios. En 1985 la Delegación del Gobierno cifró en 50.000 los asistentes. Solo un año antes todavía se vendían en el aeropuerto internacional de Madrid-Barajas llaveros, medallas o alfileres de corbata con motivos franquistas. En esos tiempos se podían escuchar consignas como “Tejero, aguanta, España se levanta”, “España, una, y no cincuenta y una” y numerosos mensajes contra el nacionalismo vasco y catalán. El número de asistentes se rebajaba año tras años y al final la convocatoria se circunscribía a una concentración en la plaza de San Juan de la Cruz de unos pocos cientos de personas. La división en la ultraderecha también contribuía al bajón. Había fachas que echaban de menos la dictadura, ultras renovadores, neonazis, tradicionalistas, falangistas… La calle de Goya terminaba siendo el campo de batalla de grupos cada vez más organizados, que actuaban con la cara cubierta quemando coches, cortando el tráfico y donde empezaba a destacar la simbología nazi. En esa calle se encontraba la sede de Fuerza Nueva, una iglesia que celebraba misas en honor al dictador y una discoteca poco recomendable si no comulgabas con el decálogo facha.

El 20 de noviembre de 1989 un comando ultraderechista asesina en un céntrico hotel de Madrid al diputado abertzale Josu Muguruza. Muchos militantes de la extrema derecha que acudían a la plaza de Oriente estuvieron en el punto de mira de los investigadores policiales. A partir de los 90 la exaltación franquista del 20N va a tener un duro competidor ese día, las manifestaciones antirracistas y antifascistas. En 1991 el Cara al sol vuelve a la plaza de Oriente, los detenidos en el barrio de Salamanca van en aumento. Grupos nazis venidos de Francia e Italia, hinchas radicales de equipos de fútbol con ideología de extrema derecha y miembros de partidos ultras incrementan su actividad en la capital. La plaza de Oriente reúne a más de 8.000 personas. Por su parte, los antifascistas eligen la plaza de Tirso de Molina, donde se ubicaban los puestos políticos de la izquierda extraparlamentaria, como base de operaciones del ‘No pasarán’.

Siete días antes del 20 de noviembre de 1992 se perpetra el primer crimen racista en España. Se produjo en una discoteca semiabandonada de Aravaca (Madrid). Un comando ultra formado por un guardia civil y jóvenes simpatizantes de colectivos neonazis como Bases Autónomas y hooligans de equipos de fútbol irrumpieron en el lugar y comenzaron a disparar. Murió la mujer dominicana Lucrecia Pérez. Mientras, en la plaza de Oriente, el 20N mantiene la dinámica de los discursos patrióticos y los lemas atacan a la Monarquía y al PSOE en el Gobierno: “Juan Carlos, Sofía, la horca está vacía”, “Felipe, Guerra, hijos de perra”… Antes de la llegada al poder del PP en 1996, el Rey, líderes nacionalistas como Jordi Pujol, president de la Generalitat de Catalunya, o Xabier Arzallus, lehendakari vasco, recibían la mayoría de críticas. En 1993 se producen los primeros choques dialécticos entre nostálgicos y neofascistas en la plaza de Oriente. Fueron años donde la violencia de los cabezas rapadas eclipsaba los discursos oficiales de la ultraderecha.

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Jóvenes simpatizantes el grupo Bases Autónomas exhiben banderas neonazis en la plaza de Oriente en 1993. Fotos: Pablo López Raso

La llegada del Partido Popular al Gobierno coincide con una mayor atomización del mundo ultra. Son unos cuantos partidos y están mal avenidos. Ricardo Saénz de Ynestrillas, hijo de un militar asesinado por ETA, y con una activa militancia en grupos de extrema derecha, es una de las caras conocidas del 20N durante gran parte de la década de los 90. Los actos se repartían entre la plaza de Oriente y la de San Juan de la Cruz. No llegaban a 5.000 participantes entre las dos ubicaciones. Aznar, Pujol y la Monarquía estaban en la diana. Pujol dicta y Aznar obedece; Arzalluz rebuzna y Aznar se cuadra”, cantaban en 1997 los nostálgicos. Ynestrillas, juzgado por el asesinato del parlamentario de HB Josu Muguruza y finalmente absuelto por falta de pruebas, decidió alejarse de la nostalgia. Fue quien inauguró los viajes de reconquista a municipios del País Vasco y Navarra. A Hernani, Ermua o Pamplona se desplazaban decenas de ultraderechistas. Buscaban la provocación y lo conseguían. Siempre había follón con militantes de la izquierda abertzale.

Ya en este siglo, el 20N perdió protagonismo en favor de las manifestaciones antifascistas celebradas en la calle de Atocha y en el barrio de Lavapiés. De hecho, solo la Confederación Nacional de Excombatientes y Falange han mantenido la llama de la plaza de Oriente, cada vez con menos éxito. En las últimas convocatorias apenas medio millar de simpatizantes han acudido a la cita. Sí se siguen celebrando la marcha al Valle de los Caídos y las misas y actos privados.

En 2004, un abogado mercantil, yerno de Blas Piñar (fundador de Fuerza Nueva), monta Alternativa Española, partido ultracatólico muy crítico con la inmigración y los separatismos. En la última década las nuevas siglas de la extrema derecha (España 2000, Democracia Nacional, Alianza Nacional, Hogar Social, etc.) han intentado desligarse de las connotaciones del pasado y buscaron un chivo expiatorio: los inmigrantes. Todos transformaron en mantra el lema ‘Los españoles, primero’ . Unos pocos concejales ultras en municipios del extrarradio de grandes ciudades y plataformas como la del catalán José Anglada y su Plataforma por Cataluña (PxC) fueron sus logros. Ahora todos miran a la formación de Santiago Abascal por si es capaz de aglutinar no solo el voto facha, también el de gente desencantada con el PP. Vox recabó en las elecciones generales de 2016 un total de 47.182 votos. Y en los comicios europeos de 2014 más de 240.000.

Para este año todavía no se han anunciado eventos. Solo la organización Acción Juvenil Española, heredera del Movimiento Católico Español, ha convocado para el domingo 18 de noviembre un acto en la plaza de Oriente y una “santa misa” en el Valle de los Caídos dos días después. Más preocupante resulta la denominada Marcha de la Juventud, que se celebrará el sábado 17 noviembre por el centro de Valencia. Convocada por las juventudes del partido ultra España 2000, el eslogan reza así: “Demostremos que hay una juventud limpia y ordenada, orgullosa de ser española y valenciana”, dicen en su web. Aseguran sus organizadores que habrá caballos, banda de tambores, antorchas, y jura de bandera en el Parterre.

Se acerca el 20N de 2018. El Gobierno ha dicho hoy que el 2019 arrancará sin Franco en el Valle de los Caídos. ¿Lo enterrarán en el cementerio de El Pardo-Mingorrubio, habrá pelea legal para que no acabe en la Almudena? Para gran parte de los milenials, la plaza de Oriente y la basílica son simplemente lugares turísticos pero qué ocurrirá si el dictador revive en la cripta de la Almudena. Den por seguro que la catedral madrileña se convertirá en un centro de performances franquistas… y antifranquistas.

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