Ya no hay chicas punkis

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Mar (izquierda) y Beatriz no se conocieron. Vivieron el Madrid más punk. Fotos: Marián Orejas / Beatriz Alonso Aranzábal.

Había días que Mar se maquillaba en el ascensor. Primero, una base de color blanco. Después quemaba la punta del lápiz negro para perfilar ojos y labios. Negro punk. Antes, en casa, se había erizado el pelo con una mezcla de agua, azúcar y “laca de la mala”. La cresta era barata. Por la chupa de cuero pagó en el Rastro madrileño 25.000 pesetas de entonces, de principios de los 80. Eso sí, la cazadora y las botas militares duraban toda la vida. El lugar elegido para la quedada con las colegas era siempre el mismo, un banco de la calle cerca de la discoteca Vorágine, en la glorieta de Quevedo de Madrid “Allí se bebía mucha cerveza, no había pasta para cubatas. También íbamos a la discoteca Oz, en la plaza de los Cubos, y al Rock-ola. Los domingos parábamos en la puerta de La Bobia, un bar junto al Rastro donde se trapicheaba con todo: cintas de casete, vinilos, ropa… drogas”. La calle San Millán se convertía en pasarela dominical. Exposición y compra. Chicas recién llegadas de Londres con camisetas y discos nunca vistas, “con modelazos psicodélicos, fanzines, chapas… cualquier cosa para acicalarse”, me cuenta Mar. Las chicas punkis fueron un hostiazo en la jeta de los bienpensantes, dadaístas en el reino de la progresía incipiente. Los viandantes las miraban de reojo. Cierto es que el presente se las comió y que hoy apenas quedan jóvenes punkis de verdad. Por actitud, algunos hay. De apariencia y alma solo los he visto en la ciudad de Bilbao. Lo juro.

Mar fue madre, se separó y curra en La Coruña. Sigue siendo deslenguada y fumadora. Y todavía hoy se liaría a patadas para cuidar de un colega. Cincuenta años no son nada. En la lista de locales sacrificados por el paso del tiempo no puede faltar el Covadonga (conocido como Covacha), un cine en el barrio de Prosperidad donde se podía beber y fumar porros. Fueron memorables sus sesiones de Quadrophenia, la película sobre los mods británicos estrenada en 1979, y las proyecciones sobre los Sex Pistols o Nina Hagen. “Si llovía, caía agua sobre el patio de butacas. Imagínate”.

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Año 1983. La banda bilbaína Las Vulpes concede una entrevista a Interviú. Foto: Pablo Vázquez.

La desmemoria se cebó sobre las chicas punk. En el recuerdo tan solo una canción, ‘Me gusta ser una zorra’, de la banda bilbaína Las Vulpes, un “pico en la polla” que hizo temblar durante horas la modélica Transición. Muchas otras jóvenes anónimas fueron la verdadera Movida madrileña. Quedaos con Almodóvar, los Costus y Tierno Galván pero aquellos tiempos (finales de los 70 y comienzos de los 80) no hubieran significado nada sin los cientos de jóvenes sin nombre que llenaban los bares y las pistas de las salas de conciertos, que se maqueaban en el ascensor, tomaban litros de cerveza en la calle y al día siguiente daban la cara en el trabajo o el instituto. Los libros no hablan de ellas, solo algún fotógrafo entregado las inmortalizó. En la estela de Ana Curra o Alaska hubo muchas chicas atrevidas, inquietas y libres que llevaban muñequeras de pinchos, crestas y botas militares. El próximo 25 de junio, Cineteca Madrid (Matadero) pone en marcha el ciclo ‘Mujeres hechas de punk’, una reivindicación de esas pioneras y rebeldes a través de siete documentales.

Beatriz Alonso Aranzábal, a finales de los años 70 y en la actualidad. Es la directora del documental ‘De un tiempo libre a esta parte’.

En la programación destaca el documental ‘De un tiempo libre a esta parte’, dirigido por la psicóloga y escritora Beatriz Alonso Aranzábal. 61 minutos que merecen ser vistos a todo volumen. A mediados de los 70 la habitación de Beatriz estaba cubierta por un papel pintado de flores y pósteres de grupos. Su familia llegó a Madrid procedente de San Sebastián. El padre, periodista, dirigía la revista Mundo Joven, donde Iñigo –el famoso presentador fallecido recientemente– era redactor jefe de la sección de música. Las canciones sonaban en casa de Beatriz, también en su comediscos pero fue la emisora Onda 2 la que abrió las puertas de su percepción. Era 1979 y sonaban temas de la Nueva Ola.

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La habitación de Beatriz. Foto cedida por Beatriz Alonso Aranzábal.

Eran tarde-noches de fiesta y concierto en los colegios mayores, de las sesiones para los más jóvenes en la sala Jardín (en la zona de Gran Vía), antecesora del Rock-Ola. “Había que volver a casa antes de las once de la noche. Tengo la suerte de que lo apuntaba todo en un libro, donde pegaba la entrada del concierto y hacía algún comentario. Esos apuntes van desde 1978 a 1982. Ponía un subrayado fluorescente en las bandas que me habían gustado. Tengo una entrada de un concierto en el Teatro Martín, en 1980, donde tocaron Aviador Dro, Las Chinas y Ejecutivos Agresivos que apenas recuerdo. En 1981 alternaba exámenes finales con conciertos por la noche. El 30 de junio, después de las pruebas de Selectividad, fui a Rock-Ola a un concierto punki con Zoquillos y Escaparates. Aprobé sin dejar de ir a conciertos”. Beatriz guarda como un tesoro ese libro de tapas rojas y hojas blancas “que se va deteriorando y deshaciendo porque todo lo pegaba con papel celo y han pasado 35 años”. ¡Cuántos intentamos en algún momento completar esa colección de cromos y nos rendimos! Beatriz tiene hasta la tarjeta con las notas de Selectividad. En la foto la alumna aparece con una camiseta de los Sex Pistols. También tiene una reseña del primer disco de los Ramones en España, la que se publicó en la revista Diez Minutos. “Les pusieron a caldo”.

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Hojas del cuaderno de Beatriz Alonso Aranzábal. Año 1980. Foto cedida por Beatriz.

Habla con mucho cariño de su Madrid, una ciudad que oponía la estética peluda de los progres, o el engominado de los pijos y fachas, con una nueva clase, la de la juventud de las tribus: rockers, punkis, mods, heavies, góticos… Me hubiera quedado todo el día escuchando historias. Beatriz se cardaba el pelo porque solo unas cuantas podían lucir cresta de verdad. “Me pintaba la cara de blanco con polvos Mirurgia porque eran baratos y no existían cosméticos ‘atrevidos’. Usábamos pinta-labios violetas, lápiz de ojos negro para marcar, y nos poníamos prendas de plástico, recicladas”.

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Los grupos que más le gustaban a Beatriz escritos a bolígrafo en su cuaderno. Foto cedida por la autora.

Al salir de casa, cogía el Metro para ir a algún concierto. En los vagones se fijaba en los que llevaban una camiseta con el nombre de un grupo, una chapita en la solapa. “Era muy difícil tener ropa estilosa. Te lo tenías que inventar o comprar ropa en el Rastro que luego tenías que arreglar. En la calle siempre había quien te despreciaba llamándote moderna”.

En el 81 empezó la carrera de Psicología en la Complutense. “Fue un año explosivo”. Salía sola y encontraba a las amigas en los garitos. Nadie preguntaba de qué barrio eras. Las pandillas estaban formadas por chicos y chicas. Sin cuotas ni mamoneos. “Íbamos todos juntos, éramos todos iguales, y había una relación de cordialidad y diversión”, explica Beatriz. No había móviles y los teléfonos se apuntaban en el billete de Metro. Un día Beatriz fue a ver los ensayos de Los Monaguillosh, grupo que empezó punk, siguió pop y acabó haciendo música siniestra, y se incorporó como teclista.

En el subconsciente aparecen Glutamato Ye-ye, Radio Futura, Alaska y los Pegamoides, Parálisis Permanente, Gabinete Caligari, Derribos Arias o Siniestro Total… pero en la música también había otras formaciones que tenían chicas cantando, en la batería, en las guitarras, como teclistas… Estaban Las Brujas, que solo tocaron una vez, Las Chinas, Betty Boop, las chicas de Aviador Dro. Clara Morán tocaba en Oviformia, Almudena de Maeztu en La Mode y Alphaville…  La lista es larga. Mujeres en el escenario con Kaka de Luxe, Paraíso, Zombies, Ox Pow, Esclarecidos, Objetivo Birmania, Desechables, Modelos…

Para su documental, Beatriz Alonso Aranzábal ha preferido no tirar de las caras más conocidas. Y tampoco jugar con temas como la droga u otros dramas de una generación que vivió la libertad a braga quitada. “Lo he enfocado desde un punto de vista vivencial para que nuestros hijos puedan entender qué sentíamos, cómo era nuestra alegría y excitación ante la libertad, o ante la sensación de libertad. Descubrimos, encontramos, experimentamos… Cada uno tiene sus salvajadas. Yo no tantas porque era muy tímida y prudente. Luego en el escenario no lo parecía“, comenta.

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Beatriz fue teclista de Los Monaguillosh. En la imagen, durante un concierto. Foto cedida por la protagonista.

Ella y el resto de monaguillosh escribieron una pequeña parte de la banda sonora del momento, pero no menos importante. Visitaron el programa Musical Express de Ángel Casas y La Edad de Oro de Paloma Chamorro. Claro que había influencias pero en la mayoría de bandas primó la búsqueda de algún sonido, “no imitábamos a nadie”. En Los Monaguillosh cada uno tenía sus debilidades musicales. Al juntarse surgió la creación de atmósferas. “Pintábamos los decorados, la vestimenta… creábamos una experiencia única en cada directo. De nosotros dijeron que éramos como los ingleses Siouxsie and the banshees”.

“Muchas cosas de las que se cuentan de la Movida no fueron así. Una de las motivaciones de mi documental es situar la cosa tal como fue, ni más ni menos. Ni fue grandioso ni una tontería. En las disputas políticas se usó la Movida como arma arrojadiza. El PP lo denostó como si no hubiera pasado nada, la nueva política habla de que fue cosa de señoritos y tampoco fue así. Fue un instante de la Transición donde una se podía expresar libremente, sin censura. Fue un momento de apertura, con burradas, y también con cosas maravillosas. Cualquier letra de Siniestro Total hoy sería impensable, por ejemplo”, explica la directoraLos grandes placeres suelen durar poco. Igual que hoy, los ofendiditos tuvieron su día de gloria. Salieron Las Vulpes en el programa de Carlos Tena Caja de Ritmos y el pitido final empezó a calar. Estamos en 1983.

“Si tú me vienes hablando de amor,
qué dura es la vida cual caballo te guía.
Permíteme que te de mi opinión,
Mira, imbécil, que te den por culo.
Me gusta ser una zorra, me gusta ser una zorra.
Prefiero masturbarme yo sola en mi cama,
antes que acostarme con quien me hable del mañana.
Prefiero joder con ejecutivos,
que te dan la pasta y luego pasan al olvido.
Me gusta ser una zorra. Me gusta ser una zorra. 
Dejando ahora mi profesión,
te pido un deseo de todo corazón:
Quiero meter un pico en la polla,
a un cerdo carroza llamado Lou Reed
Me gusta ser una zorra”

Estas tres estrofas prendieron la mecha puritana y encendieron a los políticos cobardes. La escandalera no liquidó la Movida, la oficializó. A partir de ahí, nada será igual. Ese mismo año, el 83, Las Vulpes protagonizaron cuatro páginas en la revista Interviú. Las bilbaínas no entendían nada. Desde 1980 su famoso tema se había escuchado en radios del País Vasco y nadie dijo nada. “La canción fue compuesta para provocar, para reflejar la impresión que nos causa el hecho de que la gente considere zorras a las chicas que vestimos con trajes raros”, explicaron Loles y Lupe Vázquez, hijas de un histórico sindicalista vasco. En 2006 tuve la oportunidad de hablar con ellas, con las que quedaban de la formación original. “La derecha española usó el contenido de ‘Me gusta ser una zorra’ para denunciar la gestión socialista de la televisión pública. Nos manipularon. Hoy también hay cosas que decir de la Iglesia, de la política neoliberal, sobre las armas nucleares, el poder de los medios o los roles de género”, explicaron hace doce años estas chicas punk.

“La gran mentira es que la Movida fuese una fiesta de Almodóvar y compañía. No fue así. Claro que hubo diversión, pero también preocupación por la política, por lo que pasaba en los barrios. No fue algo artificioso o vacío”, sentencia Beatriz, que todavía siente un cosquilleo cuando escucha a The Jam o The Clash… “Me pongo como una moto, no lo puedo evitar, no lo puedo borrar”. Cuando le pregunto por Ana Curra (teclista de Parálisis Permanente) y Alaska, las dos mujeres de la Movida que todavía siguen en activo sobre los escenarios, no hay titubeos: “eran referentes para nosotras. Ahora también, sé cómo eran, sé cómo son”.

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The Slits al completo. La segunda por la izquierda es Paloma Romero ‘Palmolive’, integrante de la banda punk. Foto: documental Here to be heard: The story of The Slits.

En 2017, Londres celebró los 40 años del nacimiento del punk. La historia de una de las bandas más punteras de la escena, The Slits (algo así como Las Rajitas), también podrá verse en el ciclo de Cineteca Madrid con la proyección de ‘Here to be heard: The Story of the Silts’. Cuando se montó en 1976 apenas había bandas formadas solo por mujeres. La cantante, alemana, era hija de Nora, casada con Johnny Rotten, vocalista de los Sex Pistols. La baterista de The Slits, conocida como Palmolive, se llamaba en realidad Paloma Romero, una española que con 17 años se marchó a la capital británica. Fue novia de Joe Strummer antes de que éste montase The Clash, y hoy vive en EEUU con su familia. Allí cambió el punk por una rama de la Iglesia Evangélica, la de los Cristianos Renacidos.

En el ciclo ‘Mujeres hechas de punk’ se proyectará también ‘Autosuficientes’ (Danny García, 2016), sobre la gira de Ana Curra interpretando temas de Parálisis Permanente; ‘El peor dios’ (Alex Montes, Daniel Arasanz y Nico Tarela, 2013), que trata de explicar el viaje de Desechables, un grupo de extrarradio cargado de malditismo con una cantante inigualable; ‘Peligro social’ (José Juan Dávila, Juan R. Dávila, Xavier Ortiz, Isabel Trillo y Guillermo Tupper, 2012-2013), sobre un pequeño grupo de chicas punkis que en los 80 tomó al asalto las calles de Barcelona; She’s a punk rocker UK’ (Zillah Minx, 2007), documental que muestra la vida de las punkis en Reino Unido; ‘We’re here, We’re present: women in punk’ (Amanda Silberling, 2017), trabajo de la periodista musical sobre la relación entre identidad personal y música; y ‘The decline of western civilization’ (Penelope Spheeris, 1981), donde se retrata la escena punk de Los Ángeles de 1979 y 1980.

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Las integrantes de la banda madrileña Patio Rosemary.

En 2018, salvo algunas cantantes de trap, contadas flamencas underground y alguna outsider, el panorama de la música hecha por mujeres tiene el marchamo del concurso de talento o del indie dominante. Ya no hay tribus y todos practicamos la autocensura. Seguro que no, seguro que hay mujeres que golpean la batería y rasgan las cuerdas como hace cuarenta años. El otro día me enteré de que una buena amiga se ha puesto a tocar la batería en Patio Rosemary, un grupo que suena sucio y sin florituras. Irene (profesora de cine y bajista), Belén (arquitecta de interiores y guitarra), Vera (musicóloga y guitarra) y Estíbaliz (enfermera y baterista) acaban de ganar el concurso Lanzadera, dentro del proyecto Empower Music del Ayuntamiento de Fuenlabrada (Madrid), y tocarán en agosto en el Sonorama Ribera. Influenciadas por la escena feminista alternativa Riot Grrrl, en Patio Rosemary “simplemente queremos hacer lo que más disfrutamos, tocar, y si es posible, tocar lo que nos dé la gana y como nos dé la gana, sin tanto ‘mansplaining’ en los ensayos; tocamos por placer, disfrutamos de la música, somos todas de la vieja escuela y todas hemos formado parte de otras bandas; y por supuesto, donde más disfrutamos es en el directo”. Son más garajeras pero su actitud no deja de ser heredera del punk. Y la distorsión de las guitarras también.

Hace un par de años, el periodista Víctor Lenore repasó la importancia del movimiento punk y citó a Bernard Rhodes, representante de The Clash: “Una de las cosas que se olvida del punk es que liberó a las mujeres. Terminó con el rollo Led Zeppelin del cantante con pantalones de satén rodeado de groupies. Las mujeres comenzaron a ser dueñas de su propia sexualidad”. Pues eso.

 

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