Todo el mundo fue antifranquista, todo el mundo vio a The Smiths en San Isidro

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Morrisey, cantante de la banda británica, durante la actuación en San Isidro 1985.

Las fiestas de San Isidro me ponen tierno. Casi tanto como las del PCE cuando se celebraban en la Casa de Campo. A veces, antes de mirar hacia atrás, prefiero hacerme un bicho bola, pero ayer la cagué: apreté el play de un vídeo de YouTube de casi 90 minutos. Y lo peor es que estuve ensimismado con las imágenes hasta el paroxismo, dándole a la pausa y fijándome en cada detalle, moviendo la barra temporal hacia delante y hacia atrás, y solo por el placer de comprobar que era cierto lo que muchas veces he compartido con los colegas después de unas cuantas rondas de botellines. Luego os lo cuento. A lo mejor, hasta se lo cuento a Ray Loriga.

Antes de desvelar la sorpresa pretendo hacer un ejercicio de nostalgia lúdica en defensa de estos fastos, de esta ciudad, muchas veces agotada por el vapuleo de capullos de aquí y de allá. Y no voy a criticar la programación musical de San Isidro porque ya se sabe que hay gente para todo. Cierto es que este año el ayuntamiento madrileño ha acertado con la cartelería. Las ilustraciones de Mercedes de Bellard alegran el alma. Son vistosas, vitalistas, primaverales y chulaponas. En cuanto a la pregonera, ya era hora de poner sobre el balcón a una malasañera de pro (Almudena Grandes). En distintos rincones de la ciudad han tocado o tocarán, entre otros, Coque Malla, Immaculate Fools, Diego el Cigala, Meneo, Niño de Elche, Nathy Peluso, Fundación Tony Manero, Carlos Sadness, Pablo und destruktion, Carolina Durante, Burning o Joe Crepúsculo. Nada que objetar, son solistas o bandas que iría a ver gustoso aunque cada día aguanto peor eso del follón. Por no hablar de que estoy torpe para sujetar los vasos de plástico de litro.

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Carteles de Mercedes de Bellard para las Fiestas de San Isidro 2018.

El problema de mirar hacia atrás es que el pasado es un ideal más o menos distorsionado, o una realidad a ratos arrinconada, y uno se da cuenta de que algo ha pasado en esta ciudad, quizá la mejor ciudad del mundo. Olvidémonos de los años y años y años del PP en el poder. No me apetece buscar qué ocurría en esos San Isidros. Voy a obviar también el mandato de un señor del CDS. Duró poco. Me voy a ir hasta 1985, cuando gobernaba todavía Enrique Tierno Galván ahora que se cumplen cien años de su nacimiento. Si en 2018 Manuel Carmena se ha gastado 1,2 millones de euros –300.000 euros menos que en 2017– para que disfrutemos en las calles con decenas de conciertos y actividades, hace 33 años el alcalde socialista –el que ha pasado a la historia por animar a la banda a colocarse con cuidado– destinó para San Isidro 120 millones de pesetas, que imagino que hoy sería un pastizal. Con ese presupuesto Tierno Galván trajo a la ciudad a Lluís Llach, Caetano Veloso, Enrique Morente, Camarón de la Isla, Spandau Ballet, The Smiths, Alaska, Radio Futura, Gabinete Caligari, Mecano, La Unión, Joaquín Sabina, Nuevo Mester de Juglaría, Jose Antonio Labordeta, Pablo Guerrero, Carlos Cano, Luis Pastor, Daniel Viglietti y unos cuantos artistas de jazz de primera fila. Menudo plantel.

Ahora viene lo bueno. Tras la comparaciones, que suelen ser injustas, me puse a buscar el vídeo de la actuación de The Smiths en el Paseo de Camoens. ¿Por qué? Porque uno tiene su corazoncito y porque estuve allí con Marta, Luis, Fernando y miles de jóvenes más litrona en mano. Así que me puse en plan Rick Deckard cazando replicantes en la pantalla. Ampliaba la imagen del vídeo, rebobinaba, avanzaba, cualquier cosa para confirmar que era cierto que estuve allí, que no era un sueño. Y ¡eureka! Me encontré. Con ese concierto de The Smiths pasa lo mismo que con la lucha antifranquista en la dictadura, todo dios participó. Pues yo puedo demostrarlo. No el activismo político, sí el musical. Al final tenéis la prueba definitiva.

El escritor y guionista Ray Loriga escribió en 2010 en El País que aquella fue una noche calurosa de mayo, no sofocante como son las noches de verano en Madrid, sino como esas primeras noches dulces del final de la primavera. Yo llevaba una cazadora de plástico de esas que se estilaban en los ochenta, había sido antes de mi hermano mayor y por eso la recuerdo. Creo que Morrissey llevaba una larga camisa color fresa o naranja o roja, no sé, la verdad es que me cuesta precisar, pero tenía una flor en la mano, de eso estoy seguro. Tal vez una amapola. Casi todo es confuso, y sin embargo real, a la hora de reconstruir el rompecabezas de la euforia”. Yo no tengo tanta memoria, y menos para los momentos de felicidad absoluta. Mi colega Luis sí recuerda que el vocalista de la banda británica se deshizo de esa camisa, allá por el final del recital, y la lanzó al público. ¿Dónde cayó? Sí, a nuestro pies. Que sí. Hubo tal revuelo e histeria que en segundos se convirtió en jirones. Luis se llevó un trozo y un servidor otro, un pedacito de apenas cinco centímetros. Loriga tenía razón, la camisa era jaspeada, tenía trazos color fresa, naranja, roja, beige y marrón. O eso me dice Luis. Mi trozo desapareció igual que el barquito del soldadito de plomo por las alcantarillas de la memoria.

No se me olvida que The Smiths tocaron todos los temas más conocidos. Revisando el vídeo observo a Morrisey moviéndose con esa forma de bailar tan peculiar, como a espasmos, interpretando Meat is murder. Y nosotros, carnívoros convencidos, no caímos en que La carne es asesinato fue uno de los primeros himnos animalistas. Y menos mal que nadie le sopló al cantante que yo era hijo de carnicero. No voy a renegar ahora, sobre todo cuando me vienen a la mente aquellos bocatas de lomo, mortadela milanesa o jamón del bueno. Mi padre sabe que ahora apenas como carne. Comí demasiada.

Mientras escribo este homenaje a San Isidro le mando un whatsapp a mi amigo Luis.

Qué tal chaval, ¿cómo andas? Estoy viendo el concierto de 1985 de los Smiths y me he acordado de ti–. Doble click azul y a los segundos la respuesta: –Pues regular, tronco, mucho estrés en el curro y con las cervicales jodidas. –Olvídate de las cervicales y mira quién sale en el minuto 81, le comento casi tartamudeando. –No jodas, me dice. –Sí tío, estamos ahí, dándolo todo. –Hostias, me pongo ahora mismo. Hasta luego.

Termino como hacía Tierno, pidiéndole a los madrileños que se coloquen, si les apetece, con mucho cuidado, que disfruten con los amigos, que rían y bailen. Y recupero otra de las reflexiones de Loriga: “No sé decir por qué vuelve esa noche a la memoria después de tanto tiempo, habiendo como hay asuntos más urgentes, tal vez sea también importante ordenar de cuando en cuando el pasado. O tal vez la impertinencia del presente nos obligue en ocasiones a buscar refugio”. En la foto de abajo, el del centro soy yo. De eso hace 33 años.

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A la izquierda, mi amigo Luis, durante la actuación de The Smiths.
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En el centro, con camisa blanca, mi amigo Fernando en el mismo concierto.

 

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