La hora feliz de Mariano R.

WhatsApp Image 2018-02-25 at 21.38.38Las manecillas no marcan las diez y diez. Nos han contado que esa posición de las agujas es psicológica, que parece una sonrisa, una uve de la victoria. Que si aparece otra hora en el anuncio, el reloj no nos gustará tanto. Humo. Para Mariano, la happy hour está más cerca de las dos y cinco. O de las once y media, que es cuando toca almorzar. “Aquí en el pueblo tengo todos los amigos que quiera, pero es que no quiero”. No hay que tomar la declaración de Mariano R. al pie de la letra. Lo que pasa es que este hombre no es de tener cuadrilla a pesar de haberse tirado más de media vida en el mismo Bilbao. En su pueblo natal, allá en Tierra de Campos, muchos le aprecian por eso, por ir a su bola y no hacer mal a nadie. Pasa de habladurías. No mira de reojo. Para ser generoso no hace falta tener público, se aprecia en la mirada.

Son las dos y cinco pasadas, la hora de cortar un poco de queso viejo de oveja, de tronchar la barra de espiga y echarse un poco de vino sin etiqueta. ¡Hasta un cigarrito va a caer hoy! En las casas de los pueblos hay rincones que huelen a soledad (dignidad), a tiempos felices de filetes albardados, a veranos de chistes y fandangos. Mariano y su vieja parra, ahora desnuda, se hacen compañía en invierno, que en verano se transforma en complicidad. Cuando el otro día se murió Forges, me acordé de Mariano, de mi suegro. Mi Mariano (77 años) también tenía una esposa de nombre Conchita, como la pareja de los personajes del dibujante fallecido. Ella ya no está. Hace trece años se fue de repente de este mundo y Mariano se quedó más solo. Pero él sigue sin ser de pandilla, ni de viaje del Inserso ni de partida de dominó. Es un bandolero de caña de pescar, de ciclomotor coreano con el que recorre la decadencia castellana, aquellos parajes que de niño eran campos de liebres y palomas, de tirachinas y tirante caído.

Hacía más de un mes que no le visitaba y al entrar en la cocina en busca de una sopa de ajo, de una chato de vino (aquí hace un frío del carajo), descubrí que, por primera vez en veinte años, había colgado en la pared, junto a la nevera, el calendario de interviú, el último. Allí estaba la gran hermana Bea, de espaldas, sentada sobre un taburete, dejando entrever un precioso culo. No sé si le echará un vistazo al almanaque cada vez que abra el frigorífico. Creo que se la sopla. En el fondo, es un homenaje, un recordatorio de que cada uno tiene su hora feliz. Y es una señal de respeto. Mariano (Marciano) Rodríguez, nada que ver con el otro M.R.

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